Vals con Bashir, nominada en los Oscar de este año, no es, como algunos han proclamado, una obra maestra. Para nada. Si hay un recurso de guión que me repatee los hígados es el de la amnesia del protagonista para que la trama vaya avanzando. Mal empezamos si todo un relato se construye con esa argucia tan poco honesta y que, encima, intenta justificarse verbal y psicológicamente durante el metraje.
La mayor virtud de Vals con Bashir es hacerse eco de una de las páginas más negras de la historia de Israel, la espantosa matanza de Sabra y Chatila, consentida por Ariel Sharon, y hacer con ella una vibrante película de “animación seria”, frente estilístico que abrió dignamente Persépolis.
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Circe ha editado, en su colección Testimonio, ‘Notas sobre mi vida’, de Eleanor Coppola, mujer de Francis y madre de Sofía. El libro es una reformulación de su famoso ‘Notas’, sobre el rodaje de Apocalypse Now. Esta vez Eleanor se centra en diferentes etapas de su vida, contadas sin una estructura lineal, jugando con los saltos temporales.
Lo primero que impacta del libro es el episodio más dramático y devastador del matrimonio Coppola: la muerte de su joven hijo Gio, que supuestamente iba a ser el “heredero artístico” de Francis en la dirección de cine, puesto que finalmente recayó en Sofía. Gio murió en un brutal accidente de lancha motora, en un descanso del rodaje de Jardines de piedra.
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Hace unos días, el amigo NAPALM, mi camello particular de productos de la Mula, me pasó un chute cinéfilo de los buenos:
La torre de los ambiciosos, dirigida por Robert Wise en 1954 y con un reparto de quitar el hipo:
William Holden, June Allyson, Barbara Stanwyck, Fredric March, Walter Pidgeon y Shelley Winters. El film, con un complejo guión de Ernest Lehman, firmante de
Con la muerte en los talones, es un thriller sobre la desesperada lucha de de un grupo de altos cargos de una gran empresa del mueble ante el cambio en la cúpula, tras la muerte del “gran jefe”.
Lo que llama la atención de este clásico es que, visto hoy, ante la crisis que se nos viene encima, una crisis causada por la codicia y la rapacería, tiene una actualidad tremenda. En la secuencia que refleja la votación para saber quién es el nuevo jefe, William Holden dice ante un adversario, un candidato a presidente, un chupóptero común interpretado por el maravilloso Frederick March:
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Los dos grandes favoritos de los Oscar de este año en la categoría de mejor actor, Mickey Rourke y Sean Penn, conocieron a Bukowski, los dos aparecen en su libro ‘Hollywood’ y Penn fue más allá, haciéndose amigo íntimo del escritor. A él está dedicada
The Crossing Guard, protagonizada por Jack Nicholson. Su Oscar, entre otros, se lo dedicó a Rourke. Y no sólo hizo eso. Como reconoce el propio Rourke, Penn “
hizo todo lo que estaba a su alcance para darme un día de trabajo en El juramento”.
Aunque el premio de la rifa se lo llevó Penn, hay que reconocer que el trabajo que hace Rourke en El luchador es mejor por ser sencillamente bestial. De hecho, el film existe gracias a él, está hecho por y para él. Y aunque su director, el vacuo Darren Aronofsky (Réquiem por un sueño) no sea santo de mi devoción, hay que reconocerle su mérito al rogar a sus amos de Hollywood que el film lo protagonizase Rourke y no (horror) Nicolas Cage.
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