Sam Mendes no acaba de despegar como gran cineasta norteamericano, título que algunos aún defienden, y me temo que no lo hará nunca. Se quedará siempre en la liga menor de los artesanos por su carencia de conocimiento de la chicha humana y por su excesiva sobriedad en lo cinematográfico. Revolutionary Road es otro ejemplo, como lo fueron sus tres anteriores films, de una buena idea de partida convertida en un juguete amable, académico.
No he leído aun la novela de Richard Yates en la que se basa el film, pero me fío de las palabras de un colaborador de la revista Imágenes, único medio cinematográfico que consulto sin que se me caiga la cara de vergüenza. Dice así Josep Parera, al que le ha gustado la película más que a mí: “El film de Mendes nunca consigue atrapar al espectador de la forma como lo hizo Yates: éste golpea al lector con instantes de un dramatismo visceral. Y es una pena que el film carezca de esa conexión emocional”.
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